Otoño de 1938. La Guerra Civil Española da sus últimos y cruentos coletazos en la batalla del Ebro, que dará con los golpistas como vencedores. La retirada del ejército republicano se convierte en una huida desesperada hacia la frontera francesa, pero allí, lejos de recibirlos con los brazos abiertos, el país de la libertad, la igualdad y la fraternidad los interna en campos de refugiados en condiciones infrahumanas. Entre este ingente grupo de expatriados se cuenta Basilio, que ha servido en lo que el nuevo régimen franquista llamará el ejército rojo, y, ya sin nada que lo retenga en España tras la contienda, consigue escapar de las represalias de los vencedores.

De Basilio tuvimos noticia en el libro anterior de Sebas Martín, Que el fin del mundo nos encuentre bailando, donde se nos relataba su influjo sobre el joven Tomás, un escribiente de familia humilde en la Barcelona previa a la Guerra Civil. Basilio, mozo de fábrica y boxeador aficionado, iba a despertar en Tomás la conciencia de clase, su identidad política y su querencia homosexual. Una buena mochila para una época en la que todavía quedaban derechos por conquistar, pero sobre todo estaba por venir uno de los momentos más lúgubres de la historia de nuestro país.
En La piel como única bandera han pasado algunos años, y Basilio inaugura un periplo que comenzará en Argelès-sur-Mer, lo llevará a formar parte del contingente español que trató de frenar el imparable avance del ejército alemán en la Línea Maginot, a sobrevivir después entre las viñas de la campiña francesa durante la ocupación nazi y a recalar, finalmente, en la ciudad de la luz, un París donde siempre pesarán como losas su condición de republicano español y homosexual, aún cuando ya en tiempos de paz obtenga la ciudadanía de pleno derecho de un país que nunca acabará de ser el suyo.
Sebas Martín desgrana a lo largo de trescientas páginas la historia de una vida comprometida con las ideas y la integridad, pero también definida en lo aleatorio e injusto de las circunstancias. Lo hace con su maña de siempre, desde esa voz cotidiana y desenvuelta que nos acerca a los personajes, siempre intrépido en sus pinceladas homoeróticas y muy atento a las particularidades LGTBI.
Definiéndose y posicionándose alto y claro dese su título, La piel como única bandera dirige su mirada a los aspectos más singulares de sus personajes en lo que supone una revisión minuciosa del relato histórico, posibilitando así un balance de logros y fracasos sociales y arrojando un rayo de luz esperanzadora sobre lo que ahora somos y debemos cuidar.
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